domingo, 17 de abril de 2011

Kokoro


El vértigo del vacío que me provoca el dislocamiento cerebral, el cosquilleo en mis neuronas y en el resto de mi cuerpo, el abismo ante lo desconocido, la eternidad ante mis ojos. La sensación detrás de mis ojos, los ojos verdaderos que miran hacia adentro, el tercer ojo que traduce hacia afuera, y eleva hacia la coronilla en su último filtro el rayo más brillante que podrías percibir, y sale disparado en su conexión con la energía máxima, impulsado por las bocas de la kundalini. Más cosquilleo, mi cuerpo tiembla. Me estremesco y confundo sensaciones, sentimientos. Ya no puedo diferenciarlos, ¿es Amor? El sentimiento supremo, la luz violeta. Ultravioleta. El canto del gallo me introduce en el sueño, sin llegar hasta allí. Me deposita en la realidad, sin cuerpo siento solo las vibraciones, se estimulan sentidos que no conocía, ¿qué diferencia hay entre un árbol y yo? Termino yo, empieza el árbol. No, somos lo mismo. Miro a traves de un jacarandá, mis ojos de madera se vuelven sabios, se nutren de la tierra, del agua, del sol. Un árbol elevado, hojas violetas. Bañado en luz distribuye la savia por todo mi cuerpo, lo fortalece, le da alas. Bajo tierra todo el bosque se conecta y se enciende. Desde afuera brilla más que nuestra estrella madre, este es el poder del conjunto, del Nosotros. Luz abundante en todo el universo.

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